viernes, 7 de diciembre de 2018

Liderando a fuego lento

La cocina es el arte de la paciencia en grandes dosis, de la temperatura correcta, del fuego adecuado, de la calidad en los ingredientes, de las cantidades precisas en el momento justo; del resultado repleto de colores, aromas, texturas y sabores que deleitan al buen comensal. Así es el liderazgo. 

Gocé de un padre que le gustaba liderar y cocinar, era muy bueno para iniciar proyectos con toda energía y creatividad, hacía que la gente lo siguiera, desarrolló el don de la palabra y era supremamente exigente en términos de calidad; en la cocina, tenía la paciencia que no tenía en el trabajo, poseía una sazón particular, hacía sus propias recetas y su menú en los fogones era variopinto; la verdad es que verlo cocinar era una fiesta, y degustar el resultado de su entrega era mucho mejor. 

Un liderazgo basado en eventos fortuitos es posible, ha ocurrido históricamente, y ha servido para bien y para mal. Existen liderazgos que sus resultados y visibilidad es la respuesta a un proceso de largo plazo, que exigieron una serie de competencias que de no haber sido desarrolladas, hubiese sido muy difícil conectar con la gente indicada, y llegar juntos a la visión. 

Cada día me convenzo más que liderar es una disciplina que se ejerce a “fuego lento”, es decir, no se trata de una decisión hoy con los resultados deseados mañana, se trata del cultivo de relaciones y elementos que requieren su tempo para dar frutos. 

Graduando el fuego
Siguiendo esta analogía, y consciente que tanto en el arte de complacer paladares como en el liderazgo, las cosas demoran más tiempo de lo esperado, me hago de la imagen que para el líder el logro de la “visión” es el fin último, es el plato servido en la mesa. 

Un primer aspecto que se toma su tiempo es la “credibilidad”. Que al líder le crean de primer momento es fácil, pero hacerse creíble para que la gente acepte su liderazgo en un proceso de largo aliento, no es tan automático, por lo tanto el líder debe mostrar los valores con mucha congruencia, sobre todo en los momentos de mayor incertidumbre, para alcanzar que su propuesta “cuaje” y se confié en él. 

Para el líder, los cambios de conducta en quienes le siguen es como “estofar” -colocar todos los ingredientes a fuego lento en una cacerola con aceite y otras especies-, dado que en el proceso de liderazgo todas las personas entran con un nivel de madurez distinto, en un sistema que exige que lleguen a una cota de funcionamiento establecido para cada uno; este proceso toma su tiempo y debe ser a fuego lento, para que luego la unión de todos se convierta en los resultados deseados. Lograr que la gente cambie no es una tarea sencilla y cada vez es más difícil lograrlo de manera masiva, así que la intervención de la conducta humana más que una tarea, es un propósito para el líder, dado que es con ello como garantiza los resultados y la armonía del equipo. 

La comprensión en los seguidores de que existe una relación entre “la acción” y “la visión”, es un plato parecido a la hallaca, aunque su cocción final no es necesariamente a fuego lento, el proceso para su preparación es largo, minucioso, fragmentado y luego unido en casi un mismo instante; así ocurre en el liderazgo para que la gente comprenda que toda acción u omisión tiene consecuencias sobre el resultado final; este es uno de los aspectos que parece obvio, y por obvio se omite, trayendo consecuencias nefastas al final. El líder debe tomarse el tiempo para que su gente comprenda cómo sus acciones tienen valor para el equipo y los resultados esperados. Es hora de liderar a fuego lento... pero seguro. 


@amanciojeda 
amancio@alianzasdeaprendizaje.com