miércoles, 31 de julio de 2013

La presencia del “tener” que no existe.

Tener estudios y títulos para no sentirnos aislados con nuestra ignorancia.

Tener muchos amigos para acompañar nuestras alegrías y penas, saboreando siempre la necesidad uno más.

Tener un alguien, quien en esa sabrosa enfermedad llamada amor, se contagia, y juntos nos olvidamos de esa sensación latente de soledad que camina en nosotros.

Tener hijos, queriendo (consciente o inconscientemente) que no  se vayan, cosa que inevitablemente harán y; que de manera irremediable, al final del camino, nos acompaña el silencio.

Tener un gran carro para pasear a nuestra soledad cada día más confortable, ella se abrocha el cinturón con la certeza que estará allí.

Tener el deleite de un show gastronómico en nuestro plato más cercano, más para alimentar el miedo a  las ausencias, que la necesidad de este cuerpo que nos da forma.  

Tener una gran casa, para luego escurrirse entre pasillos y habitaciones, y así estar más distanciados y ausentes de nuestros afectos; que paradójicamente la adquirimos como un grito urgente solicitando reunión.  

Tener de cerca y cada día más repetidamente, el sonido  de  la muchedumbre, para vociferar que existimos, y  así, intentar callar el murmullo lejano  de nuestros pensamientos, que expresan lo que refleja el espejo llamado “yo”.

Tener el campanear de un escocés para animar una fiesta o  para acompañar el dolor de volver a estar solo.

Tener la mirada, el sudor y el sabor de otro  ser tatuado  en la piel, luego  de recorrer su mapa corporal con el nuestro; para luego  apoyar nuestra cabeza en una almohada, esa que es testigo de nuestro cansancio de no saber qué hacer con la soledad.

Tener que esculpir, escribir, hablar, viajar,  educar, moldear, cocinar, crear, gerenciar, liderar, correr, subir y bajar; para sentirnos útiles y productivos, y  así  llenar el ego, ese que cuando más lleno, más desierto. 

Tener un cajón  de  recuerdos y acudir a él con frecuencia, para justificar que no  hemos estado solos, con la certeza que esos momentos pasaron tan rápido o tan lánguidos cómo tan desguarnecidos  nos sentimos.

Tener en nuestro pronunciar vocablos en plural, para justificar desde nuestro lenguaje que hay alguien más que acompaña su retiro con nuestra presencia.  


Es que el “Tener” nos da tanto por un lado y  nos quita por otro; mientras que la soledad, sin esfuerzo, siempre nos ofrece su rostro  sincero y  nos da nuestro espacio, a cambio  de  nada. 


Amancio E. Ojeda Saavedra 
@amanciojeda

domingo, 21 de julio de 2013

¿Cuándo un día es vacío? y ¿Cuándo un día es pleno?


¿Cuándo un día es vacío? Cuando…

* Tus acciones del día no  están acorde con el movimiento necesario para hacer una diferencia en tu existencia.

* Al final del día sientes que hiciste mucho, pero avanzaste poco.

* A pesar de haber pasado un día tranquilo, tu corazón se siente vacío.

* La contribución a tu calidad de vida y a la de otros está muy por debajo  de las posibilidades físicas y emocionales que posees.  

* Al detallar cada hora descubres que no aprendiste nada nuevo.

* Existe un des-balance marcado entre el tiempo productivo y el tiempo de ocio mal utilizado, y eso te hace sentir mal.

* Estas convencido que pudiste hacer más cosas de las que hiciste, y te amparaste en el “Auto-saboteo” de tus metas para no hacerlas.

*Al verte al “espejo” te reprochas por errores cometidos retirados, diciendo: “lo volví hacer”.

* Perdiste una maravillosa oportunidad de vida por omisión.


¿Cuándo un día es pleno? Cuando…

* Sentiste la presencia de Dios en tus acciones de bien.

* Al llegar cansado a casa tienes una sonrisa producto de haber disfrutado del día.

* Pones la cabeza en la cama y puedes decir: Misión cumplida.

* Sabes por un gesto o una palabra, que le cambiaste de forma positiva el día a alguien.

* Tu alegría contagió a muchos de quienes te rodean.

* Tu  corazón y cerebro trabajaron encendidos en función de una meta o en la resolución de un desafío.  

* Conviertes el remordimiento de que no te alcanzo el día, por un plan para mañana.

* Regalaste un montón de sonrisas.

* Trabajaste de forma entusiasta en lo que te hace feliz  y reconoces cómo tu vocación.

* Diste un paso firme al logro  de  tu meta personal o familiar.

* Sentiste y reafirmaste tu creencia en el amor, como la mejor herramienta para transformar nuestras vidas.

* Te hiciste consciente y actuaste con todos tus valores de vida, sin negar o esquivar alguno.

* Hayas leído este artículo me ayuda a que mi día sea pleno, y espero que el tuyo no  seas menos que alegre y feliz.  

Siempre Tu Amigo... 


Amancio E. Ojeda Saavedra
@amanciojeda  

domingo, 7 de julio de 2013

Las Historias que nos contamos


Somos especialistas en contarnos historias; unas nos inspiran, despiertan nuestras ganas y  sueños de vivir una experiencia distinta y transformadora. Así mismo nos contamos otras que nos limitan y suelen “matar” las que describo inicialmente.

Una anécdota… 
En una oportunidad intente hacer una actividad con un grupo  de  aprendices que yo  juzgaba divertida y  significativa, la verdad en ese momento no  resultó, fue un completo desastre; al cabo  de  un tiempo quise intentarla nuevamente, pero mi experiencia pasada “no me dejó”, me limité. Pasado  unos días con otro  grupo de aprendices, decidí hacerla sin ponerme tantos “Pero”, ni darle tanto poder  a la “Historia Pasada”, el  resultado: La gente se conmovió, aprendió, me agradeció esa actividad, y  aun muchos  me recuerdan por ello. Comprendí  que se trata del  “Ahora” lo que determina el resultado y no la historia.

¿Cuánto poder le damos a las historias?
En muchas oportunidades le damos tanto poder a las historias, que al creérnoslas, las convertimos en nuestros resultados. Esto nos ocurre tanto para avanzar como para detenernos; en  ambos casos, no son más que eso: Historias; y somos nosotros (no depende de otros) quienes las convertimos en las señales que nos rigen. Son estas historias las que van llevándonos por la vida, es con base a ellas  que tomamos nuestras decisiones, grandes o pequeñas, trascendentes o no, que nos alejan o nos acercan a la vida que queremos vivir.

Me descubro  con frecuencia “contándome” historias limitadoras, y percibo  como mi  cuerpo las acepta y  las cree, comienzo  a justificarme, a poner todos los “pero” posibles, a validar esa historia limitante con otra del mismo tenor. Así que al final me digo cosas como: “La Verdad es que eso es imposible de lograr”, “no tiene sentido hacerlo”, “eso no  es para mí”, entre tantas.

He descubierto que si me hago cargo del presente, del ahora, del Hacer en mi Ser actual, las historias pierden valor, pierden poder, mis posibilidades se expanden, mi  corazón late más fuerte y mis ideas surgen con mayor fluidez y  claridad, me emociono, me entusiasmo, y  finalmente me pongo en acción sin tanto temor.  

Cuando dejo la historia y tomo  el presente, no hay  posibilidad a equivocarse, no hay posibilidad a no intentar, dado  que es una nueva realidad, un nuevo hoy y una nueva oportunidad para crear un resultado superior.


Quiero  preguntarte: ¿Qué logro tienes pendiente por alcanzar producto de la historia que te estás contando? 


Amancio E. Ojeda Saavedra 
@amanciojeda