domingo, 16 de octubre de 2016

El día que olvidé los principios



Los tiempos que vivimos han desafiado de manera diametral muchas de las convicciones humanas, dado que el sistema nos convoca con aberración, a fallarnos a nosotros mismos, a través, de buscar subterfugios amorales para la subsistencia. Esto en ocasiones ha logrado que yo olvide ciertos de mis principios de vida.    

Decidí  dedicarme al tema de liderazgo hace muchos años, quizás a inicios de 1996, y fue en la semana santa del siguiente año, cuando me encontré y me dejé cautivar por uno de los libros que ha marcado mi vida: “El liderazgo centrado en principios” de Stephen R. Covey. Esta obra me hizo cuestionarme y comenzar un camino distinto de mi  desarrollo personal, incluso, mucho de lo que logré en los años siguientes como Gerente, fue gracias al riesgo de andar por las sendas que propone el autor. 

Una de las prácticas para la selección de personal para mi  empresa, o para alguno de nuestros clientes; o para buscar socios y  aliados, incluso, para establecer un vinculo comercial, era indagar sobre los principios rectores que los hacían moverse, y saber si coincidían con los míos,  y  así poder decidir si establecer el vinculo o no. Al inicio abandoné empleos y relaciones, basado en el hecho que no había más flexibilidad en mis principios, y era mejor poner “punto y final”. Esto  me demostró que el establecer relaciones sobre la base de Principios, es una práctica que funciona. 

Identificar por su nombre, y darle su amplio significado a cada principio rector, es una ventaja para tener una mejor vida; yo los escribí y los re-escribí varias veces, así que para mí están claros cuales son los míos ¿Usted sabe cuáles son los suyos? 

Ahora bien, tener identificados los principios no libera de fallar en su vivencia; en ocasiones he faltado en uno  o varios principios, y me ha tocado pagar las caras facturas, facturas que se muestran así: rompimiento de relaciones de manera poco amable;  cargar fardos de trabajo superior a la capacidad de hacerlo; ceder en situaciones que van en contra de los principios, y que minan el autoestima; avergonzarse de las propias conductas, entre otras. ¿No les parecen que son facturas muy costosas?     

Una buena noticia
Es grato saber que la vida es más presente y futuro, que pasado; esto siempre abre la oportunidad de iniciar de nuevo (y no de “cero”), y decidir sobre el estilo de vida que se desea construir.

Ante lo rápido que parece el transcurrir de la vida, se puede trastabillar en las bases, con ello perder  el equilibrio, y así, caer en las tentaciones de lo más cómodo y fútil, atentando contra sí mismo. Es necesario con frecuencia cribar bajo la lupa que ofrecen los principios; hacerlo trae grande beneficios, incluso, la importancia de esta práctica la manifiesta de manera diáfana S. Covey, cuando  escribió: “Nunca debemos estar tan ocupados aserrando como para no tener tiempo, antes, de afilar la sierra, así como nunca debemos estar tan ocupados conduciendo, como para no tener tiempo de cargar combustible.”

Siempre es posible re-construirse, y  ser un mejor ser; sólo si se es capaz de poner en práctica el principio: aprendizaje continuo. Es a este al que acudo, cuando me descubro pagando facturas con altos costos emocionales y que me alejan de la forma en que deseo vivir y trascender a mis limites. 

Los principios son la base que le dan sentido a los valores, como convención social, y de estos últimos, se desprenden los comportamientos por los que somos estimados y juzgados. La coherencia entre estos tres ámbitos del vivir, son la aproximación a una vida plena; no perfecta, pero en constante crecimiento; sin definición de éxito para los demás, pero si con la satisfacción del gozo interno; sin garantía de trofeos brillantes y esplendorosos, pero si con el sello de un ser en evolución.

Amancio Ojeda Saavedra
@amanciojeda

sábado, 1 de octubre de 2016

Ya lo decidió… se va.



Llega el día, y estas allí frente una juventud que deja sus raíces; jóvenes que difieren la cercanía con sus afectos; supeditan las amistades a la proximidad virtual; dejan que la historia de su país la construyan otros; no hay argumento que valga, se trata de irse para un mejor vivir. 

Cada quien le puede poner el calificativo  que desee, desde “huir como un cobarde” o “un valiente que es capaz de sacrificar la comodidad que tiene, para volver a empezar”, no importa lo que otros digan, eso  es accesorio,  lo que importa es que la decisión se tomó por un mejor vivir.

Más allá de la repetida foto, de unos pies en posición de abandono sobre la obra de Cruz Diez, hoy desgastada de tantos pasos hacia la salida; o la escena desgarradora del llanto por la separación frente a “la puerta de los lamentos”, esa que se abre automáticamente para dejar ver el flash cuando chequen la salida en inmigración;  las miles de bendiciones que reciben de padres y abuelos; las carreras de última hora, las trabas y un sinfín de emociones encontradas; lo que importa es que esa procesión de emociones se vuelven indelebles en el alma, se montan en un avión y  dejan un país. 

Veo una niña, le calculo 11 años, se aferra a las piernas de su papá, no comprende la ausencia, mucho menos la decisión; el papá no tiene palabras, sólo la abraza y lloran juntos. Pienso que el daño emocional es mayor al que las estadísticas puedan cuantificar.   

Las frases de consuelo son comunes, las decisiones parecen ser sustentadas en la misma realidad, los destinos variados, unos para el norte y otros para el sur, el este y el oeste, también son una opción para encontrar posibilidades.

Poco (o mucho) valen el bojote de consejos que reciben de quienes se adelantaron y ya viven un “exilio por elección”; la experiencia será propia, la historia es individual,  lo trágico o lo glorioso dependerá de lo que sean capaces de hacer, con lo que hicieron de ellos. Con una experiencia como esta, siempre se sumarán cuentos para los hijos y nietos; también, dígitos a la cuentas de un país que está aprendiendo a mutar en otras culturas.  
   
¿Habrá un país educado para ser inmigrante? No lo sé. Lo cierto  es que la nación de Bolívar, la de la bandera tricolor y  ocho estrellas, la que se para frente al mar Caribe a recibir la brisa fresca, este país,  que su gentilicio es tan particular como alegre, es muy  mal educado al momento de ser  un forastero.  

Corresponde a todo aquel que decidió tomar las maletas para irse, llegar a ser un embajador de lo mejor de esta tierra, y resaltar los principios y valores de una nación bien educada; a quienes se van, le pedimos que muestren lo emprendedores, respetuosos, honestos, humildes, profesionales y chévere que aprendimos a ser. 

En los cestos de basura de los aeropuertos, los invito a dejar: la viveza criolla, la fantasía de creerse una raza superior,  la mala costumbre de usar el sarcasmo ofensivo, y el irrespeto al gentilicio que los recibe en su casa. Cuidado con estas y otras conductas que hacen que se desarrolle la Xenofobia. Sé que somos mucho mejores que estos comportamientos tan nocivos.   

Allí estaba yo…
Acompañando  en la larga cola al pasajero, que con ansias quiere recibir su ticket de abordar, aprovechando para darle los “sabios” consejos; me descubrí parado pisando los azulejos de Cruz Diez frente a la “puerta de los lamentos”;  bendiciendo a mi amado hijo y sintiendo como deja su hogar, me doy cuenta que  se lleva todo lo que este país le significa, resumido en una bandera y una gorra. Sólo puedo  pedirle que crezca y que sea feliz.

Amancio Ojeda Saavedra
@amanciojeda