viernes, 29 de julio de 2016

Venezuela en un semáforo



Gracias a que me corresponde viajar y manejar por distintas ciudades del país, y ocasionalmente, por algunas ciudades del  mundo, surge esta mirada de lo que expresamos como sociedad. Hace muy pocos días, en la calma que puede generar un domingo, y con la posibilidad de manejar con muy poco tráfico, un acto de soberana agresividad de un chofer, me delató que (injustamente) podemos resumir a Venezuela, de la manera en que nos comportamos en los semáforos. 

En los semáforos de nuestras ciudades, conseguimos: las colas, la agresividad, la inseguridad, la economía informal, el deterioro físico y moral de un país, la mengua de los bienes públicos, la viveza criolla, la miseria y la indigencia, un par de saltimbanquis ganándose la vida, el irrespeto  a las señales, la impaciencia, la intolerancia,    el “quítate tú para ponerme yo”, una protesta, la violación de las normas sin miedo a consecuencias,  escoltas uniformados que abren paso para que “un gran señor” llegue pronto a un lugar, y un estirado etcétera.   

También es verdad que conseguimos: algunos que respetan la luz y el rayado, una mujer que cruza el paso peatonal, perfumada de sensualidad; un hombre que va apurado a su trabajo; un vehículo del año, de una prospera y honesta persona;  un transporte escolar,  que conduce a los niños a la posibilidad de ser mejores, a través de la educación; un chofer que pide una dirección y otro que gentilmente lo guía; gente que aun sonríe; finalmente, el retrato de un país con diferentes matices, que devela sociológicamente, que necesitamos volver a comenzar por respetar el significado de las luces roja, amarilla y verde.

Me atrevo a enseñar una reinterpretación de cada una de las luces que conforman el semáforo, para que cada persona que hace vida en este país, la aplique en la cotidianidad, sin importar si el otro la practica o no; en este caso lo importante es el actuar de cada uno, para poder sumar más comportamientos positivos a una nación que lo pide agritos. 

La roja: Que signifique no a la corrupción y el  pago coima; que nos recuerde detener toda conducta que sabemos es perjudicial para cada quien y para los otros; decirle: Alto a la viveza criolla; recordar que comunicamos más y mejor con los hechos que con las palabras;  que cada quien, desde su lugar, sin necesidad de atropellar a otros, haga lo que le corresponde; y si, que se detenga antes del rayado y espera su luz verde para pasar. 

La amarrilla: Que se esté alerta, dado que hay caminos más rápidos para lograr las cosas, pero no son necesariamente convenientes; acelerar el comportamiento ético y moral;  pasar de la queja a la acción; desacelerar las ansias de responsabilizar a los otros, sobre los resultados que le corresponden generar a cada conciudadano; detenerse para no tomar riesgos basados en la avaricia; y claro, la luz amarilla (o ámbar) le pide que se precavido y se detenga, cúmplase. 

La verde: Demos con mucha energía un comportamiento cívico; avancemos en paz a la solución de nuestros conflictos; sigamos siendo personas nobles y de buen corazón, de trato armónico y jovial, creadores de historias positivas; sigamos el ejemplo de muchos venezolanos que dejan el nombre de este país en el mejor sitial;  alejémonos del conformismo; démonos el permiso de  avanzar, sin apego al pasado y a las emociones culposas. Por favor, espera que llegue la luz verde del semáforo  para avanzar.    

Espero desde mi responsabilidad ciudadana,  que esta propuesta, de una reinterpretación de este tricolor, y sirva para mejorar,  engrandecer  y honrar nuestro tricolor con 8 estrellas. ¡Ponte en acción! 


Amancio Ojeda Saavedra
@amanciojeda

domingo, 3 de julio de 2016

Liderazgo, perfección y coherencia.



Los procesos de liderazgo son tan humanos, como quienes lo promueven, ya sea desde la dirección (el líder) o desde el apoyo (los seguidores); sería muy fácil ser líder, si quienes le siguen son unos robots (sin capacidad de discernimiento), hay humanos que en oportunidades se comportan como tal; igualmente sería extremadamente  aburrido, ser liderado por un robot (como entendemos la robótica hoy). 

Lo  apasionante del liderazgo es que se basa en la relación entre personas, donde una de ellas, utiliza muchos recursos para lograr que otros, con principios, valores, capacidades y pensamientos diferentes, coincidan y se comprometan a trabajar en función de un ideal. 

En la cultura occidental ha prevalecido que los líderes deben ser perfectos, y  a la menor equivocación (como todo humano) son cuestionados,  y  en muchos casos han perdido muchos  o todos los seguidores. Hay millones de ejemplos como han “enterrado vivo” a quien en algún momento  fue un gran líder; esto siendo el resultado  de creer  (o querer) un líder perfecto. 

Cuando  escuche o vea  a una persona que quiere “venderse” cómo líder, y le muestre “su vida perfecta”, inmediatamente encienda sus alarmas, ponga mucho  cuidado, investigue un poco más, antes de creerle todo lo que dice. No hay líderes perfectos, porque son seres humanos. 

Pedirle a un líder que sea un ser perfecto, o creer que un líder es perfecto, es convertirse en un romántico creyente de un imposible. 

A los líderes se les exige coherencia, es decir: que muestre con sus acciones la relación que existe con lo que siente, piensa y profesa. La coherencia se convierte en la tarjeta de presentación más fiable de un líder; en el desafío más grande; en el bastión moral más poderoso; en la fuerza de atracción más convincente; en el discurso irrebatible; y en la manera más segura  de estar bien consigo mismo. La coherencia le da al líder el doble de las ganancias, de lo que le ofrece la capacidad retorica. 

Cuando  se es coherente como líder, se necesita tener mucha claridad de los principios y valores con los que se decide vivir, y  con los cuales se guiará para  alcanzar la visión  que propone. La coherencia es un llamado  a hacer un trabajo interno, que le permita al líder responsabilizarse por todo lo que dice, mostrándolo en acciones más que en intenciones. Ser un líder coherente es reconocer que se tiene como ser humano  zonas de luz, y zonas de oscuridad; y trabajar para construir con sus zonas más brillantes, y ocuparse internamente  de sus zonas menos productivas.   

Como  seguidores, no se  puede guiar únicamente  por la capacidad discursiva del líder, corresponde madurar, bajar la credibilidad a todo lo que este dice, y subir la objetividad sobre aquello que el líder hace. También es importante reconocer  que  los líderes son seres humanos, que tienen el derecho a equivocarse y el deber de rectificar. 

Es importante hacer conexión con los líderes desde sus zonas de luz, y restarle poder a las zonas de oscuridad, al menos que estas últimas, se conviertan en un factor incoherente, que desdiga  la búsqueda de la visión.   

¿Quiere ser un líder coherente?
Sea honesto consigo mismo, de lo que puede y de lo que no puede hacer. Réstele historias épicas y fantasiosas a su discurso, y súmele acciones  y hechos. Invierta más energía en trabajar en sus incompetencias, que en buscar excusas o enemigos en los molinos de viento. Sea más humano y  cercano, que mostrarse como un ser perfecto puesto en el Olimpo. Vea en aquellos que los critican o adversan seres a quienes convencer, y no  a enemigos que “hay que aniquilar”. Muestre y  defienda su  verdad con creatividad  y firmeza, y  escuche con respeto y humildad la verdad de los otros. Dedíquese a servir a la gente que le acompaña, que será allí, donde podrá valorar la grandeza de la coherencia y lo inútil de la perfección. 

Amancio Ojeda Saavedra
@amanciojeda (Instagram y Twitter)