viernes, 18 de enero de 2019

El Canto de la Chicharra

Al llegar a mi casa en Maracaibo, incontables veces reposaba en el piso rojo del porche un sobre que tenía mi nombre, llegaban de todos los colores y medidas, recuerdo uno tamaño oficio verde oliva con una franja marrón en la parte inferior, sellado en tinta violeta, era realmente llamativo; la emoción era la misma, siempre expectante, ansioso, con ganas de saber que deparaba su invitación, y ser cuidadoso de no dañar su contenido. Aunque quería ocultar mi emoción y hacerlo pasar como algo normal, mis ojos brillosos y una sonrisa nerviosa me delataban. Aurora lo sabía, siempre lo ha sabido, ella me conoce bien.      

Cada uno de estos sobres traía consigo un mensaje directo o indirecto para mí, habían sido vertidos de significado, no eran inocentes, la intencionalidad estaba plasmada en cada trazo, en cada letra, detallada en frases o imágenes, incluso en la ausencia de las anteriores; el remitente dibujaba su propuesta y su compromiso con fecha de caducidad. La verdad es que algunos sobres traían consigo mensajes cifrados casi inteligibles, y otros, cartas muy bien escritas como si salieran de la pluma de Isabel Allende.   

El ritual para develar el contenido era invariable: basado en la abstracción de mi  ser en un cuarto oscuro - así la luz estuviese despierta -, música con notas y melodías tropicales, se hace presente la curiosidad con su arrebato y, una vez que sonaba el rasgado del sobre, se despertaba la chicharra, quien vigilante me dejaba peregrinar entre el mensaje recibido, y luego ella cantaba su canción con la misma melodía, sólo cambiaba la letra usando su capacidad de improvisación, que era tan buena o mejor que la del decimista Víctor Hugo Márquez, ya que con menos versos su mensaje se sembraba hondamente.

La chicharra siempre tenía la razón, ella hacia uso de una capacidad de seducción y convencimiento con una minuciosidad quirúrgica; los argumentos que yo podía esgrimir siempre sobraban, ella sabía que decir y lograba su fin: Que con parálisis no respondiera.

Las veces que la desobedecí era porque me sentía “grande en el sentir”, incluso contradiciendo un principio que estaba escrito con tinta china en el papel tapiz de mi habitación que decía: No te apresures, piénsalo bien.

Huyéndole a la chicharra me oculté en la montaña, la frecuencia con la que llegaban los sobres se redujo y por la altura a ella le costaba mucho más cantarme al oído, pero con su insistencia también logró que fuese descortés en no responder a quienes se tomaban su tiempo, para forjar cada mensaje y ponerlo en el sobre. Mi fardo de culpa por tantos desplantes cometidos me hacia odiarla, incluso, al principio la responsabilizaba de mi parálisis, luego, más viejo, me dediqué a dejarme seducir por ella.

En una oportunidad decidí conversar con ella, y le mostré en tono de reclamo muchos de los sobres recibidos que no respondí y que ya no podré responder, porque desconozco el paradero de los remitentes y el plazo había vencido. La chicharra me dejó ver que ella sólo cantaba porque yo la llamaba, y que me diera cuenta, que aun llegaban nuevos sobres.

Me pregunto con nostalgia: ¿Qué sería de mi vida sin la chicharra? ¿Cuántos sobres desprecié? ¿Cuántas aventuras viví y dejé de vivir por creer en su canto? Y mis respuestas se amparan en los sobre que sí respondí. Hoy sé que la única manera de responder a los sobres es haciéndome grande en el sentir, también que puedo ser yo quien envíe los sobres y provoque las respuestas, y vestido con esa certeza ando escribiendo.

Me salta la curiosidad de saber de ti querido lector: ¿Qué significan los “sobres” y quién es “la chicharra” en tu vida?

Amancio Ojeda Saavedra
@amanciojeda