viernes, 22 de noviembre de 2019

Acompañándome

Hay momentos de la vida donde tengo que decidir acompañarme, estar conmigo, girar en “U” para volver a mí; acariciar la soledad y besarla en la boca; volver a sentir sin la necesidad de un respirador artificial o caminar sin una muleta emocional, se trata de entrar en una sana, armónica y ecológica conexión con mi yo real, con mi alma, es algo mucho más denso que la personalidad que he forjado para adaptarme al mundo.

La vida, que es sabia, de cuando en cuando me regala dosis inesperadas de “pisa tierra” y me susurra al oído: Mírate, eres vulnerable. Y cuando  estos momentos llegan, siento que le pego la cara al piso y el dolor obnubila mi  entendimiento; la autoestima se me decolora como cuando agua cae sobre un cuadro hecho en acuarelas y pierde sus colores, forma y sentido; se me hace pesado el caminar y peor aun el avanzar.

Estos momentos no se curan ni en el confesionario, ni con la mayor creencia religiosa que habita en mí; tampoco pueden hacerlo la bruja Madama Kalalú, mi coach, ni una lluvia de constelaciones familiares; es cuestión de tiempo, proceso y auto-mirada.

El hecho de re-aprender a estar conmigo siempre es incomodo, incluso yo que creo haber desarrollado algo de inteligencia intra-personal; los momentos en que la vida me mueve la transparencia del devenir, es porque hay un área de mí que no estoy viendo, considerando, trabajando o viviendo, y que de una manera u otra me está haciendo un llamado para que la observe. Suele ocurrir  que se me torna muy complejo y doloroso saber cuál área es, y por ello tiendo a evadir.

Sanarme
Requiere un trabajo de terminar de romper lo que está roto, sabiendo que duele dado los apegos desarrollados, y toma tiempo poder seguir sin las ayudas, muletas o excusas que fui construyendo en el camino.  Cuando aun tengo empañada la imagen de mí, puedo llegar a confundir el desapego con el arraigo, y eso complica la cosa, pero es un buen indicador.    

Igualmente se me dificulta re-definir mi presente y ponerme como prioridad, dado que (casi) siempre se me ha hecho más fácil estar allí para que otros me usen como espejo.

Comienzo a despertar y hacerme cargo de lo que me corresponde de manera paulatina, no soy de esos que su proceso de transformación es rápido. Yo me tomo mi  tiempo, esto en ocasiones me ayuda mucho y en otras me resta oportunidades.    

Llega el momento en que mi compañía con este nuevo lunar no me pesa ni me incomoda; lo contemplo, acepto, declaro, muestro, lo hago  parte de mí y comienza así una nueva transparencia, ahora siendo un poco más yo, y un poco menos otros.

Me funciona el aislarme, volver a mis raíces culturales, a mis ancestros; darme mi  espacio de llanto, queja, dolor, negación, mentadas de madre y juicios a los seres superiores y sobre todo a los terrenales; ese dolor auto-provocado siempre termina en el mismo lugar: ¿Qué vas hacer con esto  ahora?  

Surge el momento de elegir, y aquí soy más certero (pero no infalible), luego  que vivo el proceso y tomo una decisión, suelo ir por buenos caminos. Para decidir busco información, estudio, pido  ayuda, me nutro, y  voy  con fuerza y  voluntad, normalmente haciendo poca bulla.

Aquí voy acompañándome en el sube y baja de la vida, sabiendo que hay cosas que puedo trabajarlas junto a la mirada de otro y, que hay cosas que sólo me corresponden a mí, y que sólo yo decido el camino por donde transitar.

Les confieso que este artículo lo comencé a escribir en tercera persona, ya que es inspirado en una conversación que tuve con alguien, pero me vi tan reflejado que lo cambié a primera persona, ya que así puedo acompañarme nuevamente, para saber más de mí y mis circunstancias.

Amancio Ojeda Saavedra
@amanciojeda 

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