domingo, 24 de abril de 2016

Viviendo con los “Amantes del conflicto”



Mucha gente tiene como forma de relacionarse el conflicto; no conciben su existencia si no  están creando o en medio  de un conflicto; van pasando por la vida  generando relaciones que terminan de malas;  quien esté a su lado, y no tenga claro la importancia de vivir en armonía, puede “pisar el peine” y quedar enganchado en esa dinámica castradora. A estas personas pareciera que les estorbara la paz. 

Estos actores de “mala vibra” se consiguen a menudo; son seres que necesitan tanto reconocimiento, que lo obtienen por las buenas o a través de un conflicto. Pululan en todas partes, sea en las redes sociales, en los condominios, dentro de la familia, en lo político, en las empresas, etc. 

Ciertamente las relaciones son al menos de dos, y para que haya un conflicto (validado),  se requiere que otra persona se preste a esa forma de relacionarse. 

El conflicto siempre lo percibo amargo y  árido, no necesariamente estéril. El conflicto es un espacio de crecimiento, son oportunidades para desafiarse inicialmente en  lo emocional, para conseguir sosiego, y luego las habilidades necesarias (desarrolladas o por desarrollar) para encontrar una solución.  

El conflicto en ocasiones es inevitable,  puede ser tormentoso, estridente para las entrañas, tan asfixiante que no da espacio a pensar, agotador en lo físico y  emocional; y  con todo su lado amargo,  suele dejar grandes lecciones, hay que dedicarse a buscarlas y  aprenderlas.
Es incuestionable la compulsión de algunas personas, de mantenerse inmerso en uno o más conflictos, inclusive, reconozco algunos que se sienten tan cómodos allí, que son casi infalibles en ese terreno, ese es su espacio para mostrar sus habilidades y terminar con un sabor a triunfo. 

Este comportamiento, suele estar acompañado (incluso  ser la consecuencia) de un locus de control externo, donde el pensamiento que prevalece en la persona es: Todo lo que me ocurre es culpa de los otros, el mundo  está en mi contra y me toca defenderme. 

Hay personas que verdaderamente les gusta vivir en conflictos, no por sus ventajas, sino por una espacie de adicción a esa emoción; los conflictos les motivan a sentirse constantemente retados, a mantenerse en guardia y vigilantes; ellos suelen ver en quienes les rodean como enemigos; se buscan ciertos  aliados (que seguramente mañana serán los nuevos adversarios); ellos se la pasan en una constante elucubración de una estrategia, para salir de un conflicto. Pareciera que una energía tan agotadora para unos, para ellos fuera su alimento. El conflicto los hace sentir vivo. 

¿Conoce usted a alguien así? ¿Es usted así? 

¿Qué hacer con los “amantes del conflicto”?
La respuesta tiene dos vías. La primera: Si usted se identifica con las características que antes se han descritos; siente que por alguna razón, hoy  se comporta de esa manera; se da cuenta que está teniendo problemas con todo su entorno, y que suma más espacios donde “debe luchar”, que áreas donde se siente en armonía consigo y con quienes le rodean; es tiempo  de  cuestionarse ese modo de relación; le invito a revisar donde perdió la brújula que lo conducía, a las relaciones productivas y duraderas; dedíquese a hacer un trabajo para permanecer más tiempo en paz (interior). Un profesional de la conducta humana puede ser de gran utilidad. 

La segunda: Si  usted se relaciona con alguien con las características de “Conflictivo”, piense primero: ¿Qué hice para atraer a alguien así? ¿Qué  necesito  aprender de mí, con todo  esto? Y luego, haga su trabajo  de  desconexión, no  de la persona, sino de la conducta; generé espacios de paz; evite las provocaciones; cuando perciba los primeros signos o síntomas de conflictos, busque una solución pacífica y definitiva (que no necesariamente tiene que ser ceder); no permita que nadie le robe su armonía, esa es una decisión personal.         

Ya bien lo entendía Buda cuando dijo: “Estamos en este mundo para convivir en armonía. Quienes lo saben no luchan entre sí.”       

Amancio Ojeda Saavedra
@amanciojeda (Instagram y Twitter)

sábado, 2 de abril de 2016

Me llamaban Licenciado ¿y a ti?



Desde hace muchos años, me presento con mi primer nombre y  mis dos apellidos;  en cualquier lugar donde firmo y debo poner “quién soy”,  utilizo lo que me identifica  y mis dos raíces: Amancio Ojeda Saavedra. Esto lo hago consciente, me gusta mi nombre, que significa “Hombre que da amor”, y  honro y agradezco a mis padres usando sus apellidos. 

Viví una cultura de los títulos, en la universidad me decían Bachiller; en mi rol de docente me llamaban profesor;  en la JCI se referían a mí por el  cargo que desempeñaba: Presidente, DINA, Tesorero, IPA, etc. Durante los seis años que viví en el Táchira, me acostumbre a que la inmensa mayoría (es una cuestión cultural) me llamara: Licenciado; aun algunos amigos de esa tierra me sigan llamando  así. Y no  siempre preferí que me llamaran sólo por mi nombre, muchas veces deseaba (nunca exigía)  usaran mis títulos, y me presentaran con un palabrerío que enalteciera mi presencia. La madurez (creo) me ha hecho comprender lo insignificante que puede llegar a ser esa conducta.  

Hoy  me siento  alegre de hacer cada día más énfasis,  que me llamen por mi nombre y mis dos apellidos,  los títulos sólo expresan lo que estudié o un rol que cumplo (o cumplí) en el devenir de la vida;  creo que mientras más se me llame por mi nombre, menos necesitaré de una “muleta” para el ego, como lo son los títulos.

Observo tanta gente en la cotidianidad y en las redes sociales, cambiándose el nombre o el apellido,  usando  cosas como: Coach transformacional Pedro Pérez, Francisco Terapeuta Holístico, Consultora de emprendedores María Cascarrabias, Conferencista motivacional  Fulana de Tal, Psicólogo Positivista Simón José, y  pare de contar. Y cuando los leo  me pregunto: ¿Por qué tienen la necesidad de usar sus títulos con tanto énfasis? ¿Mercadeo, branding personal o egocentrismo?  Cada quien tendrá sus razones.

He vivido  episodios diferentes, donde más allá del uso de los títulos usados como “nombres” o “apellidos”  impera el Ego. Un conferenciante se molestó, con los organizadores de un evento, porque no leyeron su “resumen” curricular, y ese documento de 2 cuartillas, hacia parecer que habían traído a un ser supremo como ponente. En otra oportunidad,  cuando tenía un programa de radio, un entrevistado exigió a mi productor ser presentado de tal manera, que iba durar más tiempo leyendo su vida profesional, que el tiempo que tenia para entrevistarlo.  ¡Cuánto afán por los títulos!

En días pasados me reuní con Cesar Peña Vigas, y para presentar una propuesta comercial a un cliente, le pedí su resumen curricular, y me respondió: “No  acostumbro a enviar mi CV, quien quiera saber de mí, que lo busque Google….” Eso me hizo tanto clic, me parece tan congruente con su personalidad poco excéntrica;  y vaya que este hombre tiene títulos y trayectoria que mostrar. ¡Una lección de humildad!

Reafirmo mi interés en seguir siendo tratado de manera horizontal, ya sea que me relacione con un ilustre Doctor, o con un estudiante; ambos son seres humanos de quienes puedo servirme y servir en un momento dado. Las relaciones que me interesan desarrollar, son aquellas en las que puedo  ser yo, sin tanta pose, sin las distancias que pueden marcar el uso de títulos, que al final sólo se refieren a la historia de lo que fui capaz de hacer, y no  realmente a quien soy hoy.       

“El mejor regalo que puedes recibir, es escuchar tu propio nombre” Estas palabras (parafraseadas) me las  repetía mi madre con frecuencia; quizás para fortalecerme ante el bulling que recibía en colegio por mi nombre poco común, o quizás para invitarme a usar mí nombre con mucho orgullo. El hecho fue que logro  ambas, y ese sigue siendo mi  mejor regalo.  ¡Gracias Aurora Saavedra Peña!


Amancio Ojeda Saavedra 
@amanciojeda
www.amanciojeda.com