sábado, 1 de octubre de 2016

Ya lo decidió… se va.



Llega el día, y estas allí frente una juventud que deja sus raíces; jóvenes que difieren la cercanía con sus afectos; supeditan las amistades a la proximidad virtual; dejan que la historia de su país la construyan otros; no hay argumento que valga, se trata de irse para un mejor vivir. 

Cada quien le puede poner el calificativo  que desee, desde “huir como un cobarde” o “un valiente que es capaz de sacrificar la comodidad que tiene, para volver a empezar”, no importa lo que otros digan, eso  es accesorio,  lo que importa es que la decisión se tomó por un mejor vivir.

Más allá de la repetida foto, de unos pies en posición de abandono sobre la obra de Cruz Diez, hoy desgastada de tantos pasos hacia la salida; o la escena desgarradora del llanto por la separación frente a “la puerta de los lamentos”, esa que se abre automáticamente para dejar ver el flash cuando chequen la salida en inmigración;  las miles de bendiciones que reciben de padres y abuelos; las carreras de última hora, las trabas y un sinfín de emociones encontradas; lo que importa es que esa procesión de emociones se vuelven indelebles en el alma, se montan en un avión y  dejan un país. 

Veo una niña, le calculo 11 años, se aferra a las piernas de su papá, no comprende la ausencia, mucho menos la decisión; el papá no tiene palabras, sólo la abraza y lloran juntos. Pienso que el daño emocional es mayor al que las estadísticas puedan cuantificar.   

Las frases de consuelo son comunes, las decisiones parecen ser sustentadas en la misma realidad, los destinos variados, unos para el norte y otros para el sur, el este y el oeste, también son una opción para encontrar posibilidades.

Poco (o mucho) valen el bojote de consejos que reciben de quienes se adelantaron y ya viven un “exilio por elección”; la experiencia será propia, la historia es individual,  lo trágico o lo glorioso dependerá de lo que sean capaces de hacer, con lo que hicieron de ellos. Con una experiencia como esta, siempre se sumarán cuentos para los hijos y nietos; también, dígitos a la cuentas de un país que está aprendiendo a mutar en otras culturas.  
   
¿Habrá un país educado para ser inmigrante? No lo sé. Lo cierto  es que la nación de Bolívar, la de la bandera tricolor y  ocho estrellas, la que se para frente al mar Caribe a recibir la brisa fresca, este país,  que su gentilicio es tan particular como alegre, es muy  mal educado al momento de ser  un forastero.  

Corresponde a todo aquel que decidió tomar las maletas para irse, llegar a ser un embajador de lo mejor de esta tierra, y resaltar los principios y valores de una nación bien educada; a quienes se van, le pedimos que muestren lo emprendedores, respetuosos, honestos, humildes, profesionales y chévere que aprendimos a ser. 

En los cestos de basura de los aeropuertos, los invito a dejar: la viveza criolla, la fantasía de creerse una raza superior,  la mala costumbre de usar el sarcasmo ofensivo, y el irrespeto al gentilicio que los recibe en su casa. Cuidado con estas y otras conductas que hacen que se desarrolle la Xenofobia. Sé que somos mucho mejores que estos comportamientos tan nocivos.   

Allí estaba yo…
Acompañando  en la larga cola al pasajero, que con ansias quiere recibir su ticket de abordar, aprovechando para darle los “sabios” consejos; me descubrí parado pisando los azulejos de Cruz Diez frente a la “puerta de los lamentos”;  bendiciendo a mi amado hijo y sintiendo como deja su hogar, me doy cuenta que  se lleva todo lo que este país le significa, resumido en una bandera y una gorra. Sólo puedo  pedirle que crezca y que sea feliz.

Amancio Ojeda Saavedra
@amanciojeda